Acedia, un pecado peculiar

Quiero hablaros hoy de un término más que recurrente en nuestra sociedad, en nuestro día a día, la felicidad. Omnipresente y, sin embargo, aún tan abstracta, de difícil definición…

Hoy en día está de moda vivir rápido. Lo vivimos todo tan rápido, que no nos da tiempo a pararnos a pensar qué es lo que queremos realmente. Pensamos que ser feliz es pedir demasiado, creemos que no lo merecemos y quizás por eso acabemos huyendo siempre de lo que más felices nos hace, para castigarnos, o por miedo, por prisas, por querer hacerlo todo bien, terminando haciéndolo todo mal. Llegando incluso quizás a arrepentirnos en nuestro lecho de muerte, cuando ya hace mucho que las fuerzas nos abandonaron, robándonos la última oportunidad que teníamos de buscar la tan ansiada felicidad, de la que nosotros mismos nos privamos.

Y hacemos todo ese recorrido quejándonos constantemente, quejándonos del estrés, de la insatisfacción sin causa aparente, de la falta de dinero, simplemente de todo lo que nos rodea, buscando un remedio para ese descontento que nos acompaña, buscándolo en cosas materiales, o en sentimientos intrascendentes, que al fin y al cabo sabemos que no nos llenarán.

Curiosamente en el cristianismo ya se conocía ese tipo de tristeza debida a una eterna insatisfacción del alma, y era (y es) un pecado capital, el pecado al que hoy llamamos pereza. Claro que no significa que cada vez que sintieras tristeza estuvieses cometiendo un pecado, sino que se distinguía entre una tristeza normal, pasajera, y una tristeza mala y permanente, esa especie de tristeza existencial, ésa que a día de hoy está muy de moda, antiguamente conocida como acedia.

La idea detrás de esto era que, según la religión cristiana, no había razón alguna para sentir aquella tristeza espiritual, pues, sabiendo que nuestros pecados serían perdonados y que nos esperaría una mejor vida en el Cielo, sería una desfachatez y una falta de respeto no alegrarse del porvenir. Y esto alejaría a la persona de su Creador. Sin embargo, hoy en día muchos ignoran el verdadero significado de ese pecado capital, que abarca el término de la pereza.

Más adelante, en la corriente del Romanticismo, la acedia cobró protagonismo en prácticamente cada obra, así como en la vida de todos aquellos autores románticos,  que buscaban incansables un remedio contra ella, o quizás no, quizás sólo querían verse inspirados por ella. No voy a negar que gracias a ella existen numerosas obras de arte…

A lo que quiero llegar con esto es que deberíamos dejar atrás ese sentimiento sin sentido que no nos llevará más que a un agrio vacío en mente, alma y corazón, y actuar, apartarnos de la pereza y la acedia, lo que sea, y luchar por lo que para cada uno merece la pena. Vivir en apatía seguramente no nos ayude a encontrar lo que consciente- o inconscientemente estamos buscando hace ya tanto tiempo.

Por desgracia no puedo deciros dónde se esconde la felicidad. No os lo puedo decir, porque yo tampoco lo sé, supongo que en este mundo no hay nada más subjetivo que ese término. Pero lo que sí sé es que, si habéis encontrado algo que os haga felices, algo que, aunque sólo minimamente se acerque a vuestra propia definición de la felicidad, debéis aferraros a ello, sea lo que sea, no lo dejéis marchar. Y disfrutadlo siempre, como si fuera la última vez que podréis hacerlo, y os sentiréis quizás un poquito más llenos.

 

 

Isabel Döbold
Estudiante de filología francesa
Múnich
Blog: http://cosasquedecimossinpensar.blogspot.com