“Better Call Saul” (**** de 5): “I know what stopped me. And you know what? It’ll never stop me again”

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Hablemos claro. Si uno pretende coger “Better Call Saul” y encontrarse, desde el principio y sin realizar una transición adecuada, con una joya al nivel de “Breaking Bad”, se va a llevar un chasco de importantes dimensiones. Hay que saber diferenciar entre lo que es y lo que supone un spin-off y lo que es la serie original. A este respecto, una obra derivada puede traer muchos problemas. Principalmente, el fallo que más se puede repetir es tratar de trasladar el tono y forma original a una nueva historia que, claramente, necesita de otro tipo de fórmulas. En este caso podemos dar gracias de nuevo a la mano de Vince Gilligan. Como ya he dicho, esto no es “Breaking Bad. Y mejor que mejor.

La figura de Saul Goodman es una de las más interesantes de la serie original, pero hay que reconocer que su tono podía llegar incluso a sobrecargar. Su humor exagerado, sus manías y su, en general, increíble capacidad de destacar sea como sea en el escenario le hacían un personaje carismático pero exuberante. Dedicar una serie entera para él solito era un movimiento arriesgado, por una razón principal: ¿Qué tónica podía ser la correcta? Evidentemente, construir un drama tan intenso como “Breaking Bad” tendría que estar descartado desde el principio, pero tampoco era conveniente abusar del ácido humor negro de Goodman hasta agotarlo por completo. La meta principal tendría que ser entonces crear un híbrido, con el suficiente parecido al, digamos, “universo original” como para atraer a los espectadores pero con una identidad lo suficientemente independiente como para que no se trate de un intento de imitación burdo y sin sentido.

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Gilligan ha dado en el clavo. Esto es así. Ha dedicado una excelente primera temporada a sentar las bases emocionales que llevan a Jimmy McGill a transformarse en el poco ético abogado Saul Goodman, de manera que podemos llegar a conectar con el personaje sin olvidar su falta de moralidad y sin que ello nos impida disfrutar del humor negro y de poco gusto que suele acompañarle. “Better Call Saul” no es una sitcom, pero tampoco es un drama cuidado sobre la ética humana y las circunstancias que nos llevan a romper las barreras de la misma. Los capítulos se pasan volando, y con historietas más ligeras y simpáticas llegamos a conectar mucho mejor con Saul que de cualquier otra forma.

Si a todo esto le sumamos que la actuación del protagonista (Bob Odenkirk) es tan excelente como siempre, nos encontramos con una serie con denominación de origen. Además, Gilligan ha sabido meter de sobra el elemento nostalgia, dándonos una dosis suficiente para recordar que, en el fondo, “Better Call Saul” depende en narrativa de “Breaking Bad”: Ahí tenemos la historia de Mike (Jonathan Banks, que bien se merece un Emmy por cierto capítulo que yo me sé), quizás el punto más triste, serio e interesante de la ficción, o los planos “extraños” (por llamarlos de alguna manera) que suele utilizar el showrunner en alguno de los capítulos, o el juego de colores, o el ambiente de Nuevo México… Estamos ante algo nuevo, pero también estamos como en casa.

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CONCLUSIÓN: Si eres un fanático de “Breaking Bad” (y si no, seguramente, también) te podrá parecer una serie simpática, entretenida y, en algunos momentos, de gran nivel artístico. Ahora bien, para que esto suceda tenemos que tener en cuenta que lo que vamos a consumir es una historia diferente, que tiene que ser tratada de manera diferente y de la que saldrá un producto diferente.