Cuatro horas sin Whatsapp

Es posiblemente uno de los titulares más leídos en el mes de febrero. Sin embargo no ha sido necesario encender el televisor o abrir los periódicos para percatarse de tal “catástrofe”, a la altura de las desgracias más desoladoras: miles de personas pusieron de manifiesto su horror y desesperación de todas las maneras posibles, bien a través de las redes sociales o, lo que todavía parece más insólito, a través del boca a boca. Estas líneas no mienten, el país pareció verse abocado al abismo debido al colapso de una simple aplicación para el móvil. La terrible noticia enseguida llegó a los oídos de los informativos de las principales cadenas de televisión, las cuales no dudaron un segundo en echarse a la calle para hacerse eco de la opinión publica, probablemente teñida por el desconcierto y la desesperación, pero ante todo el ridículo.

Este artículo no tiene por objetivo faltarle el respeto a nadie, pero las evidencias son claras. Desde un niño de 12 años a los más mayores; nadie dudaba en salir por la pequeña pantalla para denunciar el fallo de esta aplicación, el cual les impedía establecer cualquier tipo de contacto con sus familiares y amigos. Estas declaraciones podían tomarse como un reclamo fácil con el que rellenar unos segundos la parrilla de los informativos, tal vez falta de contenido aquel 22 de febrero. Sin embargo, parece que la noticia realmente reflejó la realidad que se respiraba por gran parte del país durante esas horas: nos vimos privados de un bien absolutamente necesario.

El hecho de que la población considere este producto, un simple sistema de mensajería por internet, como un bien de completa necesidad hace que me plantee una serie de preguntas, las cuales se enlazan inevitablemente con alguna que otra experiencia, obteniendo una serie de conclusiones sin duda preocupantes y a la vez muy interesantes. La primera de ellas es simple: ¿una necesidad? Está claro que la revolución tecnológica que desde hace ya unos años estamos experimentando ha modificado completamente la forma de relacionarnos: el uso de los smartphones y tablets son la guinda del pastel, de un largo recorrido en el cual las llamadas telefónicas o las tradicionales cartas manuscritas han ido perdiendo protagonismo.

A partir de la salida de Whatsapp al mercado, la mensajería instantánea sufre una revolución que afecta a todos los miembros de la sociedad que cuentan con un smartphone. Sin embargo, esta revolución ha derivado en una actitud cercana a la atracción y la adicción que hace que nos sintamos permanentemente como niños con un juguete nuevo que no pueden dejar de utilizar. A nadie le sorprende ver a centenares de personas cada día en el metro, en el bus o incluso caminando sin despegar la mirada de su teléfono móvil, un gesto en un principio imperceptible, pero que sin duda contrasta de una manera sorprendente con la realidad de hace unos años, en la que, ante la falta de tan endemoniado invento, las relaciones sociales no se enjaulaban en una pantalla de unas pocas pulgadas.

En segundo lugar, dejando a un lado la evolución de la tecnología y las relaciones sociales, el aspecto condicionado por la revolución de la tecnología de la comunicación que más me inquieta es la educación. Son muchos los proyectos que fomentan la implantación de la tecnología dentro de las aulas, como por ejemplo la implantación de las tablets a modo de libros de texto o el uso de determinados elementos como los blogs para facilitar el acceso a diferentes contenidos tanto a alumnos como profesores. Sin embargo, si bien la tecnología puede ser beneficiosa para el alumno, también puede ser extremadamente perjudicial. 

Puede que sea por deformación profesional, ya que siempre he estado interesado en la enseñanza y en el aprendizaje de lenguas, ya que este interés me indica que el uso masivo de programas de mensajería instantánea (Whatsapp o cualquier otro chat) disminuye de manera considerable las capacidades de redacción de los jóvenes estudiantes no solo en una lengua extranjera, sino también en su lengua materna. Cuando he tenido la oportunidad de dar alguna clase de apoyo de lengua española, son varios los estudiantes que me han preguntado cómo se escribe una redacción. Tras explicar las diferentes estructuras que esta puede comprender y algún que otro truco, todos cogían el lápiz e intentaban ponerse manos a la obra, sin embargo apenas podían componer unas líneas carentes de sentido.

Ante tal situación comencé a preguntarme cuál podía ser el problema, la causa de que todos esos niños no supieran redactar una historia ficticia o la experiencia de algún viaje. Tras hablar con estos estudiantes y hacerles alguna que otra pregunta, muchos de ellos llegaron a la conclusión de que aquellas redacciones en realidad se asemejaban mucho a cualquier conversación que podían haber tenido con un amigo por el Whatsapp, conversaciones que sin embargo no sabían combinar en una unidad textual, posiblemente gracias a esas cuatro horas al día que muchos de ellos pasaban delante del teléfono móvil, esas cuatro horas sin Whatssapp cuya ausencia denunciaron sin dudarlo ni un momento.

No pretendo que nadie deje de hacer uso de este instrumento, el cual ofrece sin dudas ventajas inimaginables, pero sí que es necesario concienciar a la población de que un uso abusivo puede traer consigo consecuencias muy graves en diferentes aspectos de nuestra vida. ¿Mi consejo? Control y un poco de sentido común, al menos el suficiente como para que cuatro horas sin Whatsapp no se conviertan en la tragedia nacional.

Marcos Díez García