El crack del 29: Hitler cotiza al alza.

Los periodos de inestabilidad económica han resultado ser a lo largo de los siglos el desencadenante último de un gran número de estallidos sociales que han cambiado el curso de la Historia. Un caso paradigmático -y en gran medida positivo, pese a los años del ‘Terror’- es el de la Revolución Francesa, ya que no fue hasta que finalizó el suministro de trigo y harina a la capital que la población tomó las calles (aunque en el plano teórico la Ilustración ya había tomado forma años antes). Infortunadamente, otros contextos de crisis económica han derivado en consecuencias nefastas para el devenir de la humanidad.

En general, los historiadores coinciden en señalar que el ascenso y eventual llegada al poder de Adolf Hitler respondió -entre otros factores- a la grave situación económica que atravesaba Alemania tras la entrada en vigor, el 10 de enero de 1920, del Tratado de Versalles. Semejante escenario favoreció -qué duda cabe- que el mensaje del partido nazi calara en gran parte de la sociedad alemana de la época.
No obstante, la Historia bien pudo haberse escrito de forma distinta. Y esta hipótesis es la que quiero plantear mediante este artículo: ¿habría llegado Hitler al poder de no haberse producido el crack de la bolsa de Nueva York de 1929?

Ascenso inicial del NSDAP – Entre 1921 y 1923, Adolf Hitler comienza a cosechar cierta popularidad -fundamentalmente en la región de Baviera- llegando incluso a llamar la atención de ciertos miembros de la élite de Munich, quienes pasan a financiar al NSDAP (fundado en 1920). En efecto, muchos reciben con agrado un mensaje que denuncia las condiciones impuestas por las potencias vencedoras de la I Guerra Mundial y la ruina económica -así como la humillación- que suponía para Alemania el cumplimiento de las mismas.
Ese discurso, además, se hacía eco de la leyenda popular conocida como ‘Dolchstosslegende‘ -leyenda de la puñada en la espalda- y que, en esencia, señalaba a judios y comunistas como traidores y culpables de la rendición del ejército alemán en la Gran Guerra. A este mito popular se intentó añadir -con éxito- la creencia de que los propios judíos -banqueros- eran los principales culpables de la inflación que sufría la economía germana.

Una Alemania en ruinas – A este respecto es necesario destacar la situación que vive Alemania en ese momento: las cuantiosas indemnizaciones exigidas por las potencias vencedoras -a lo que ha de sumarse una economía devastada por la guerra- conducen al país a unos níveles de hiperinflación que derivan en la ruina de miles de empresas y familias y en una tasa de cambio que a finales de 1922 se situó en los 8.000 marcos por dólar. Lo extremo de esta situación llevó al gobierno alemán a incurrir en una serie de impagos, por lo que Francia ocupó el valle del Rhur en 1923. Gracias a esta medida de presión, los pagos se reanudan pese a la fuerte oposición de gran parte del pueblo alemán -partidario de no hacer frente a más indemnizaciones-.
El clima de tensión alcanza tal nivel que se declara el estado de emergencia en Alemania, oportunidad que Hitler -envalentonado a su vez por la creciente popularidad de la que goza- estima propicia para protagonizar, el 8 de noviembre de 1923, un fallido golpe de estado, conocido como el ‘Putsch de Munich’, por el cual es condenado a cinco años de prisión (de los cuales cumple únicamente 9 meses y que aprovecha para escribir parte de ‘Mein Kampf’).

Felices años 20 y crack del 29 - Ahora bien, al salir de la cárcel, Hitler se encuentra con una Alemania muy distinta a aquélla que dejó al entrar en prisión: la situación económica ha mejorado ostensiblemente. Efectivamente, por una parte, EEUU ha prestado una ingente cantidad de dinero a Alemania bajo condiciones muy favorables y, por otra, Francia ha relajado notablemente las condiciones de las reparaciones de guerra, lo que conduce al fin de la hiperinflación (al reactivarse el crédito, sanearse la deuda pública y crearse una nueva moneda) permitiendo a Alemania disfrutar de una estabilidad y prosperidad sin precedentes desde el término de la Gran Guerra -incluso superando en 1929 los niveles de crecimiento previos al estallido de ésta-. En este contexto, la popularidad de Hitler y de su partido se estanca, lo cual se constata por los pobres resultados electorales cosechados en 1924 (superando apenas el 3% de los votos) y 1928 (alrededor de un 2,6%).
Durante este periodo de tiempo, Hitler -incansable- predice el inevitable fin de esta época dorada, advirtiendo –casi de modo apocalíptico, o mesiánico, según se mire- que los buenos tiempos no durarían. No es de extrañar, por tanto, que tras el crack de octubre de 1929, cuando EEUU comienza un proceso de desinversión que deja en la quiebra a miles de empresas y al propio Estado alemán, situando a Alemania de nuevo al borde del precipicio, muchos se acordasen de quien había augurado la tragedia. A mayor abundamiento, el gobierno alemán reaccionó frente al desastre implementando políticas de austeridad que socavaron cualquier posibilidad de recuperación para la maltrecha economía germana, dirigéndola hacia una profunda depresión.El resto de la historia es por todos conocida: en las elecciones de 1930, el NASDAP se erigió como segunda fuerza política del país, y dos años más tarde los nazis ya contaban con el 37,6% de los votos.

No pretendo mediante este texto establecer una relación directa y exacta entre el crack de 1929 y el ascenso meteórico del Partido Nazi. No cabe duda de que otros muchos factores incidieron ostensiblemente en la llegada al poder de Hitler; e incluso -quién sabe- una reacción distinta frente al desastre provocado por el crack de 1929 podría haber evitado que gran parte de la población alemana abrazara una posición tan radical, fruto de la desesperación. Sin embargo, parece razonable pensar que el contexto socio-económico que nace a raíz del crack del 29 resulta fundamental de cara a la creación de un caldo de cultivo idóneo para que el mensaje de odio, rabia, impotencia y destrucción de Hitler tuviése éxito entre una población -que, por cierto, pertenecía mayoritariamente a la clase media- desesperada y con poco que perder.
La Historia nos ayuda -si se lo permitimos- a extraer grandes enseñanzas que sería recomendable poner en práctica hoy por hoy. Europa observa impasible -y no es la primera vez- como las fuerzas de extrema derecha logran cada vez mayores apoyos en numerosos países (Grecia, Holanda, Austria, Croacia, Dinamarca, Hungría…). Sin ir más lejos, recientes sondeos sitúan al Frente Nacional de Marine Le Pen como la fuerza más votada de Francia -pudiendo incluso batir a Hollande en una hipotética segunda vuelta-.
Se trata de guiones con numerosos puntos de conexión como para pensar que se trata de historias bien distintas: una grave crisis económica que, agravada por implacables políticas de austeridad, pasa a ser el pretexto ideal para que determinados mensajes encuentren una población dispuesta a escucharlos. Como antes. Como ahora.