El político bueno es el político muerto. El caso de Adolfo Suárez

 

De Nelson Mandela a Adolfo Suárez tenemos los notorios, y relativamente recientes, casos de que en la política, como en la literatura, el momento cumbre y de mayor reconocimiento suele ser la condición post-mortem de la persona.

La explotación mediática, la exaltación de tonalidad lacrimógena, la ficción histórica y el oportunismo político son algunos de los rasgos en común en torno al obituario, inmediato o periódico, de determinados líderes o artistas: Mandela, Suárez y, más recientemente, Octavio Paz -del que se cumplieron 100 años de su nacimiento este pasado 31 de marzo-, son claros ejemplos de esa deriva plañidera, sensacionalista y falseada de la que son partícipes los medios de comunicación, partidos políticos y esa cosa llamada opinión pública con todas sus formas y expresiones.

El despertar de un recuerdo, las circunstancias del fenómeno de la muerte, el impacto del que no está son percepciones y emociones que dibujan un opaco escenario de congoja que se institucionaliza cultural y socialmente en el luto. El último adiós a la persona física y humana, un acto simbólico que se da, conlleva en definitiva un hecho social y religioso que resulta en las capillas ardientes y los entierros. Un despliegue de símbolos, etiquetas, banderas, música, marchas, comitivas, normas de protocolo y valores que se reproducen de manera transversal por todo el sistema social. Una circunstancia moral, se podría señalar, que en una ceremonia y discurso se selle y enmiende el pasado histórico de la figura en cuestión. El punto final de su historia. Pero qué es la historia sino un relato selectivo de una etapa o periodo. Y quién escribe el relato sino los que quedan vivos.

¿Pero es justicia que se hace al cadáver? ¿Es verdadera la memoria del muerto? La imaginación social es fácilmente permeable a ficciones y relatos sobre la historia de una comunidad o pueblo, la credulidad ante los hitos y símbolos nacionales. Así Mandela se convirtió en un personificado símbolo de Sudáfrica y del fin del apartheid, así Suárez se convirtió en un personificado símbolo de España y del espíritu de la Transición. Similitudes con la divinización de las figuras y mitos de Lenin y Stalin en la propia forja de la identidad de la URSS, o el nacimiento de la democracia norteamericana en la firma de la liberal Constitución por George Washington y otros personajes insignes símbolos contra la opresión, y así un largo etcétera en los procesos de nation-building que buscan consolidar una noción y cohesión social en los límites de un Estado-nación. Pero que se relate así, que se nos relate así, no implica que sea cierto o verídico. Sin embargo, para que se consolide un proyecto futuro de comunidad es precisamente el símbolo del líder que dio su vida por la patria

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Este podría ser el ejemplo de Adolfo Suárez y el mito de la Transición, mito porque precisamente la transición española no fue ni pacífica ni ejemplar, con atentados y extrema violencia en las calles por parte del Estado, paramilitares y terroristas de toda índole, parcheándose transitoriamente las principales fracturas sociales y políticas de la sociedad española en una suerte de pactos y acuerdos caducos. Y, de hecho, la figura de Suárez fue profundamente denostada en su tiempo. Siendo calificado de manera escarniosa, vilipendiado, traicionado y apuñalado políticamente. Suárez se quedó solo y se le vio como un estratega oportunista por parte de una gran parte de las formaciones políticas de su tiempo, formaciones políticas que hoy le homenajean, formaciones políticas y medios de comunicación que orquestaron, en cierto modo, su caída. Suárez no fue un héroe de su tiempo, quizás ni siquiera un líder sino más bien un árbitro, pero al mismo tiempo un jugador racional que supo jugar bien sus cartas hasta que se le agotó la mano. En política nada es inocente.

Por ello es notorio que en el día de hoy, en nuestra acongojada actualidad de múltiples crisis, que se eleve la figura de Suárez. Que se diga que se le votó a su formación, que fue ejemplo, que fue líder, que fue salvador y único garante. En parte sí, en parte no. El hecho es que en una realidad falta de liderazgo social y político, de referentes comunes, se realizan y forjan esta serie de relatos de ejemplaridad y concordia que digan que “todo tiempo pasado fue mejor”, y que, en definitiva el buen político no existe porque simplemente no existe o existió modelo vivo, ya que parece que el buen político es el que está muerto.

Andy Eric Castillo Patton

Estudiante de Ciencias Políticas y Sociología y Humanidades. Forma parte de equipo de Harald Wartooth en http://haraldwartooth.es/

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