El #selfie de una abuela y la inmortalidad de Arcade Fire

El coro de The Suburbs de Arcade Fire y la melodía de Skinny Love de Bon Iver son de esas canciones que escuchas y pareciera que fueran de otros tiempos. Música clásica que no está en el intervalo que va de Monteverdi a Wagner, ni ninguna época similar. Himnos que podrían ser los que tus padres escuchaban cuando eran jóvenes o que el disc-jockey pinchaba para ambientar una generación que no andaba pegada a sus smartphones reportando todo lo que hacían cuando se divertían. La de Skinny Love sería de esas lentas, en las que quizás tu madre, sentada y esperando, pensó erróneamente que tu padre no se acercaría a pedirle bailar (eso que ya quedó obsoleto en nuestros tiempos) y la misma que, en un par de citas más tarde, pediría en esas maquinitas que ponías una moneda y elegías la canción. Quizás tu también como Quique González prefieras una jukebox.

Hay sonidos, sabores, cuadros, películas, esculturas, personas que parecen de otro mundo, como si ya existieran de antes. Esta sensación de “te conozco de otra vida” es tan rara como oir a tu abuela decir “whatsapp” con ese acento anacrónico pero que quiere parecer fluido, o raro como ver a tu sobrino de 10 años hacer una comparación intensiva de la crisis de ahora con el crack del 29. Rara como mi sorpresa al saber que Jackson Browne seguía vivo, y que la canción The Birds of St. Marks fue lanzada en el 2014 y no en los 70 como imaginé cuando sonó en la radio. No porque me di cuenta que estaba un poco out de los lanzamientos musicales, que también, sino porque tenía un toque de nostalgia, de antiguo, de ayer…

Clase. Clásico. Lo clásico siempre tiene clase. Pero no de esas clases aburridas que deseas que acaben, sino de esas que nunca terminan, porque vuelves a ellas una y otra vez, siempre aprendiendo algo nuevo. Ese es el poder de las obras clásicas, que son atemporales, como lo más grande del mundo, que siempre es atemporal. Aunque un buen amigo me dijo que el tiempo es relativo, en lo clásico es infinito porque no empieza y no acaba. Un clásico no se crea sino que se descubre; por ende un clásico no muere porque nunca ha nacido.

Al igual que Magritte para mi siempre será “de ahora” y novedoso (sin dejar de ser universal y clásico), hay obras que aun habiendo sido realizadas hoy, ya tienen ese classic taste que confirman que lo clásico no está ligado a la antigüedad.

Y con lo clásico te puedes sentir identificado tú. Se puede sentir identificado tu abuelo. Se puede sentir identificada tu bisnieta que aun no ha nacido, porque de eso va esta clase de lo clásico. Hay personas clásicas que visten de New Balance. Y un Mercedes 300D del 83 que sigue rodando hoy. El tiempo tiene sus razones que la razón no entiende, y tiene sus caprichos que sólo conoce una sensibilidad acostumbrada a indagar en lo viejo con una capa Gore-Tex que repele todo lo que no sea de 40 años atrás, o esas obras cuyo derecho de autor ya han pasado a formar parte del dominio público.

Hay canciones de este siglo que van a seguir sonando como himnos establecidos. Hay cuadros no pintados aun que van a estar ahí colgados, sin fecha de caducidad, por siempre. Hay personas que van a vivir eternamente. Hay caminos que no mueren, como los custodiados por los árboles de Montecarmelo, aunque hayan sido sepultados con cemento y bares de lujo (con buenísimos Gin Tonics, por cierto), y sonrisas como las de la Mona Lisa que podrían perfectamente ser un Trending Topic en Twitter mañana.

No hace falta ir a clases sobre lo clásico para saber qué hace una obra clásica que sea clásica. Pero tampoco podemos clasificarlas, porque estaríamos enjaulando algo que es tan grande que podría caber todo en una nuez. Como ese vestidito violeta que decía Drexler. Ojalá nunca dejemos de crear obras clásicas. Sino, podremos recurrir a las de antes. O a las de después. Les diremos a las obras clásicas, nuevas o viejas, que se queden con un “Stay, just a little bit longer” a lo Jackson Browne, que, después de este artículo pensarás que la compuso ayer pero no: es del 77.

Maia de Zan Hatch

Maia De Zan Hatch, Co-Fundadora de “El Precursor” y Fundadora de “Artspiradora”. Estudiante de Comunicación Audiovisual y Título Propio en Creación y Producción de Cine y Televisión. Panamá – Madrid

1 Comment

fernando aguila mora

nosotros ,los que rondamos ya los sesenta o sesenta y cinco o quizas algunos mas, hemos vivido lo mas intenso de la vida , todo revoluciono, con el grupo de los beatles, la musica hizo un cambio drastico, el vestir estilo a lo beatlemania de llevar los jeans pitillo ,cambiar por pantalones campana y camisas con florecitas, o trajes de pantalon estrecho y corbata, tal como actuaba este grupo al dia siguiente ya llevabamos el sello que nos identificaba, y lo mas, era el pelo todos con pelo largo y que te taparan los ojos,,cosa mal vista por nuestros padres,y tambien los tiempos de los hippys, tambien cambio el estilo totalmente las musicas los grupos, el vestir todo esto lo viviamos con mucha intensidad y hoy lo recordamos con nostalgia, muchos jovenes me han comentado sobre nuestros tiempos aquellos, y opinan que tuvieron que ser de maravillas, si , si que lo fueron,,,,,

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