El Síndrome del Viajero

En los últimos días he notado mi estado de ánimo un poco bajo. Yo, por naturaleza inquieta y expresiva, estoy ahora decaída. Sé perfectamente por qué: me toca, después de año y medio de estudios y prácticas en Alemania, volver a casa. Esta sensación no me pilla de sorpresa, me lleva pasando, año tras año, desde la primera vez que puse un pie en el extranjero sin la compañía de mis padres, allá por 2008. Siempre que se acercaban los últimos días de la estancia todos mis amigos comentaban las muchas ganas que tenía de volver a su ciudad, estar con sus padres y amigos y etc. Y yo era la “rara” que no quería que llegara, de ninguna forma, el momento de subirme al avión con destino a España.

No quiero decir con esto, ni mucho menos, que no me guste pasar mi tiempo con mi familia o mis amigos, tampoco que no me sienta a gusto en España. Creo que, simplemente, me fascina conocer otras culturas, aprender otras lenguas, el saber que cada día, antes de algo tan sencillo como ir al supermercado, al banco, o subirte en un autobús tienes que “transformarte” en un miembro más del país en el que te encuentres.

Mi proceso al llegar a un país nuevo funciona más o menos de la siguiente manera. Al principio cualquier cosa me resulta chocante y diferente. Luego, con el paso de los días voy conociendo a nuevas personas y voy ampliando mi conocimiento sobre las diferentes costumbres y formas de pensar. Yo, que soy observadora, y tengo unos ojos grandes que llevo siempre bien abiertos, me voy fijando atentamente en pequeños detalles cotidianos que son diferentes a la rutina de España: la forma de saludar, el tono de voz con que se habla o los productos más comprados en el supermercado. Cosas a simple vista insignificantes, pero cuya suma tiene como resultado una cultura. Y, cuando ya todo ha dejado de sorprenderme y me he adaptado a mi nueva rutina, evito pensar en el temido momento en que ponga rumbo al aeropuerto.

Estoy convencida de que, desde que empecé a viajar con frecuencia, he cambiado. Y que, cada vez que vuelvo de un país diferente, noto que he cambiado un poco más. Viajar me ha hecho más tolerante, más respetuosa y más comprensiva. No podría estar más de acuerdo con la frase “viajar es la que única cosa que compras y te hace más rico”.

En mi caso viajar sólo presenta dos inconvenientes. El primero es la sensación de querer siempre más. Muchas veces no he vuelto a casa ni siquiera a casa y ya estoy planeando el siguiente viaje.
El segundo son los “pedacitos” de ti mismo que vas dejando en cada ciudad y en cada país. Recuerdos, amigos, anécdotas… que de buenas a primeras se quedan a kilómetros de distancia.

Supongo que este el precio que tenemos que pagar por llevarnos todas esas experiencias. Precio que merece la pena y que pagaría una y otra vez, durante el resto de mi vida.