EL TEXTO QUE SERÁS INCAPAZ DE LEER: ¿MERECEMOS MORIR?

Breve juicio moral y crítico a raíz de la “crisis” del Ébola en España

Nuestra mente se ha destruido, nuestra atención se ha desbordado, ha implosionado el racionalismo en pro de una rabia otoñal, roja ira de rojo virus vertido en prensa, televisión, servicios de red social, vídeos y conversaciones en la calle.

Demasiado se ha dicho y dejado de decir acerca del virus del Ébola, desde su llegada a España y al continente europeo.

André Carrilho - Ébola

André Carrilho – Ébola

Como una sucesión de obuses de gran calibre, información tras información, rumor tras rumor, opinión tras opinión se suceden en el inclemente y escatológico bombardeo mediático al que se nos somete, sin descanso, por aquellos que nos dicen de lo que tenemos que hablar y de lo que tenemos que pensar, aquellos creadores de opinión y profesionales manipuladores que se hacen llamar medios de comunicación. Cuarto poder constituido de carroñeros, hienas y aves de rapiña de los males ajenos y las desgracias en las vidas humanas. Consumados racistas de obsceno micrófono. Voyeuristas de la dignidad humana.

La guerra permanente del mal periodismo: una saturación, una sangría de disparos desinformativos tal que nuestras cabezas, ya hastiadas con la percepción de la corrupción, el latrocinio de guante blanco, la especulación y el generalizado saqueo depravado de las élites del poder (político, económico y militar), han vertido sus sesos y pensamientos en la acera por la metralla de verborreas y diarreas mentales. Infectas saturaciones que no nos permiten hacer dos cosas que nos definen como sujetos libres: pensar y actuar.

En menos de una semana la irracional, aunque posiblemente justificada, ira de un incalculable número de ciudadanos se ha abierto paso en la calle y en la prensa, donde pululan las comidillas y bajas tertulias de expertos de toda índole y opinólogos de toda costumbre. Opiniones, aparentemente respetables, que terminan por minar el ánimo y ser un granito más en la contribución de la manzana de la discordia del asunto: el eterno debate en torno a la seguridad y la salud pública.

Debate que, distorsionado por el comentario ligero e iracundo, busca infantil e inmaduramente la identificación de un culpable: “ha sido el misionero”, “ha sido el gobierno”, “ha sido la mujer”, “ha sido el perro”. Hallado el asesino, resuelto el asesinato. Palabras y acusaciones que no resuelven mientras tanto la crisis, más bien el problema, del tratamiento de la enfermedad infecciosa. Un proceder más bien sometido a criterios científicos y propios de su supuesta objetividad en el tratamiento.

Pero a la infección a la que refiero, la llaga que realmente supura y duele ante los ojos, la herida abierta y pútrida, la pústula que se ha descubierto tras las ajadas bambalinas de Occidente es la de la moral, la moral de nuestro mundo: pútrida, decadente, hipócrita, fingida, nula.

La crisis del virus del Ébola y su difusión es un hecho que podrá tener una mayor o menor resolución, con una mayor o menor celeridad en su tratamiento y su administración, pero la situación, el destape descarado del modo de sentir y pensar de Occidente, su anatomía de valores, al menos en sus pusilánimes líderes y representantes, es cuanto menos tétrica, por no decir horripilante.

Ya no nos queda autoridad o credibilidad en este mundo, se ha descubierto ante nosotros lo que ya sospechábamos o murmurábamos: estamos podridos, nos morimos.

El Primer Mundo, España al menos, no es más que un gigantesco cadáver que se va despedazando entre nubes de tecnología y ficciones monetarias, aun cuando el bienestar material es el mayor que jamás se haya conocido en la historia (agua corriente, luz artificial, gas, etc…), a pesar que ya son miles quienes van perdiendo incluso este aparente y falso estado del bienestar. No somos más que un enorme cuerpo (social) vacío, sin valor, sin ideas, sin nociones, sin respeto por otros seres humanos.

Habrá quien se remueva o salte de su silla y piense “¡pero yo…!”.  Y ese es nuestro problema, nuestro exceso de “yo”, el egoísmo narcisista, post-moderno e idiota que irremediablemente nos ha infectado desde el momento que nos socializamos y vivimos en esta sociedad del consumo de masas, del homo oeconomicus. Desde el mismo momento en que somos contaminados por las ideas y percepciones de la familia, de la sociedad y del Estado dejamos de ser autónomos en nuestra manera de sentir, pensar y actuar. Pero eso sólo son un eslabón más de los grilletes. Es la seducción del pensamiento inscrito en el capitalismo del que todos estamos corroídos el que nos atrapa, el que nos ata, y del que casi no podremos escapar en cuanto a que su lógica está implícita en nuestra manera de ver y vivir el mundo (referencia).

Maneras que se han hecho evidentes primero entre los ensalzados salmos de obtuso nacionalismo y orgullo herido, síntomas del localismo más reaccionario cuando el filovirus, de cuyo conocimiento se tiene desde hace ya casi 40 años, toca suelo patrio. Una incandescente reacción de rabia y pánico que acusa y busca acusar a quien trajo el horror epidémico. Horror que existe desde hace 40 años.

Repito: 40 años.

¿Cuánta gente ha muerto desde entonces y cómo hemos reaccionado? ¿Cuánta gente muere y fallece por otros miles de males que ignoramos y obviamos? ¿Cuánto nos importan otros seres humanos?

“Lo nuestro lo primero”, “defender lo mío”, “yo primero, luego el resto”. Un país, un territorio político, el Estado-Nación, no existe. Es nada más que un abstracto y estúpido constructo de identidad social y definición del poder al que nos hemos aferrado por delimitar un pedazo de tierra que no entiende de nuestras ficticias e imaginativas fronteras, fronteras que las fuerzas naturales sobrepasan porque, simplemente, no existen. Sólo están en nuestras cabezas. Cabezas adoctrinadas por las instituciones sociales que cooperan con el Estado, el propietario de la fuerza de las armas que dicen que este trozo de tierra es “nuestro”.

Ana Mato Dimision - EbolaBajezas de nuestro tiempo, el agotado tiempo de la modernidad, que no sólo son evidencia ante este destape de procederes, como la reacción oportunista o electoralista de múltiples grupos sociales que “barren para su lado”, supuesta progresía de movimientos sociales y populares, adalides de la “regeneración democrática” y de “la voz del pueblo” pero nada más que incipientes élites, nuevas élites, del futuro poder, con sus mismos lamentos y miserias humanas respecto al adoctrinamiento de su mediocre y sentimentaloide credo de la apatía.

Podemos - Ébola¿Y no es acaso este mismo escrito también una verborrea, una retórica de pareceres?

No lo niego, y no queda exento de lo que es.

Es, si cabe, sólo una manera de mirar a un mundo, su choque de percepciones: el enfrentado especismo antropocentrista más reaccionario contra el animalismo más ecocéntrico en lo que pudo ser una anécdota ha sido reflejo de la sociedad de nuestro tiempo.

Anécdota inscrita en la evidencia del gobierno de hombres imprudentes, negligentes y homicidas, de la histeria narcisista y colectiva de una ciudadanía cómplice y víctima. Estamos entre potenciales sociópatas, seres que desprecian la etiqueta del ser humano, meras personae, máscaras asesinas que nos sonríen bajo nuestro consentimiento. Donde la única explosión que admitimos es la de nuestros sentimientos, gritos, patadas y lloros enrabietados.

Un perro, miserable y triste ser que le tocó la suerte en esta ruleta del esperpento, un perro que ha sido el mejor ejemplo de qué nos está ocurriendo, al margen de las portadas internacionales y toda la vergüenza y escándalo en cuanto a estatus, un pudor absurdo de competición internacional, de sentimiento más bien propio de monetaristas o neoliberales, en ser los números uno. Como si el estatus ante los otros matara.

Miguel Aranguren

Miguel Aranguren

Por ello, en estos días en las virtuales redes que nos hacen tan dependientes, pesqué la frase que no sé si realmente la dijo o no Mahatma Gandhi: “La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la forma en que trata a sus animales.” Somos lo que somos por nuestra sensibilidad respecto a nuestro entorno, por el respeto que le podemos profesar al otro, sea lo que sea. Aunque la pueda contener espinoso significado e interpretación falaz, ilustra este sentir ante lo que nunca fuimos y no sólo que nos hemos convertido, si no lo que hemos permitido que así sea.

Los delitos acontecen tanto por ejecución como por omisión.

Y es el ébola, en suelo europeo, el que ha despertado esta chispa, esta partícula en la materia gris de esta urna de cenizas que podría tener por cabeza, esta reflexión y visión de cuerpo corrupto ante todo lo que está ocurriendo en el mundo, que podría este colapso de sangrantes sucesos de la invisibilizada guerra en Europa del despiadado y desesperado estado de la inmigración hacia el Norte , de las amenazas de los excluidos de los frutos de la globalización del planificado y frío terrorismo del Estado, etcétera…

El Roto – El País 10/10/2014

El Roto – El País 10/10/2014

Pero es, al desnudo y al descubierto, cómo el exceso de amor propio, de único valor de referencia en la moneda y la tecnología nos ha hecho perder no sólo el sentido sino el respeto por la dignidad y la vida humana, sino que nos ha convertido en dóciles cómplices del suicida sistema que nos gobierna. La hipocresía de rapiñar y secuestrar los recursos ajenos  tras la racista y xenófoba negación de ayuda ,  el posterior linchamiento mediático y cobarde vilipendia de la élite y sus colaboradores son varios de los síntomas de parte de esa podredumbre con la que cargamos, así como la desvergonzada y rastrera actividad de los principales medios de difusión que trafican fétidamente con historias de carne y hueso. Donde la histeria y el sensacionalismo popular no hacen más que jalear el decadente y desportillado altar de nuestra moral, impudorosa y obscena . Una moral glauca, destripada, un fantoche sin luz ni sombra, una civilización de peleles y guiñapos de trajes y accesorios caros, manchados de la sangre de nuestros asiáticos esclavos, una civilización sin horizonte, sin nombre, donde mandan las siglas de corporaciones y las hordas de títulos con los que empapelar nuestras tumbas de cartón no sirven ni para un ápice de humanidad sino de técnica. Una civilización de hijos de p**a. Una civilización que puede que, al fin y al cabo, merezca perecer.

Post Scriptum: No es a mi persona a quien le corresponde dar lecciones de moral, sólo abro mi cabeza para que alguno de vosotros os podáis mirar dentro.

Escrito el 10/10/2014

 

Andy Eric Castillo Patton

Estudiante de Ciencias Políticas y Sociología y Humanidades. Forma parte de equipo de Harald Wartooth en http://haraldwartooth.es/

1 Comment

Ángel

Qué pedazo de artículo Eric, enhorabuena. Ahora que ya ha quedado atrás la “tormenta”, uno puede ver con más perspectiva muchas cosas que han ocurrido durante el último mes. Y también las que ni han ocurrido ni parece que vayan a ocurrir (¿nunca?).
Lo dicho: ¡gran trabajo!

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