Estudiar en el extranjero – Reflexiones de una estudiante Erasmus.

A pesar de que normalmente suelo escribir sobre acontecimientos políticos y/o sociales de actualidad, hoy me gustaría compartir con vosotros algunas reflexiones que me han surgido a raíz de mi experiencia personal como estudiante Erasmus.

 

Probablemente lo primero que venga a la cabeza de muchos jóvenes al escuchar la palabra “Erasmus” (y cuando digo Erasmus me refiero a estudiar en el extranjero en general, no sólo en Europa) sea de todo menos lo voy a exponer a continuación.

Pero estudiar en otro país es una experiencia a años luz del mero hecho de salir de fiesta y conocer a gente (lo cual no es nada desdeñable he de decir, siempre y cuando no se quede en eso).

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 Para empezar, el hecho de salir de casa ya es un paso importante. Cierto es que no es necesario irse al extranjero para salir de casa, pero desde luego es una condición sine qua non para estudiar fuera. Para mí, que era la primera vez que lo hacía durante un periodo de tiempo tan largo, ha supuesto todo un aprendizaje que abarca desde las cosas más básicas (¡¿mamá, como se hace la bechamel?!) hasta las más complejas (lean tediosas, como por ejemplo… ¡ah sí, la burocracia francesa!). Pero sobretodo, ha sido una manera de aprender a gestionar la libertad en todos sus posibles sentidos (desde el día que no sabes si comer arroz o pasta hasta el día que te dan ganas de dejarlo todo e irte a recorrer mundo, que todo hay que aprender a gestionarlo).

Si nos centramos en el ámbito académico, lo más notorio sea probablemente el hecho de aprender o perfeccionar una nueva lengua. Llegar a un país en el cual chapurreas malamente el idioma agudiza tu atención y tu ingenio, y estoy segura que te hace desarrollar otras muchas capacidades (como la mímica o la onomatopéyica, por ejemplo). Bromas aparte, cada día que pasa me doy más cuenta de la importancia que tiene hablar otros idiomas en un mundo cada vez más globalizado, donde la comunicación es la base de cualquier transacción.

Y si hablamos de la universidad de destino… ¡Oh Dios, eso sí que es un mundo nuevo! De repente te das cuenta que existen otros métodos de enseñar, de explicar, de evaluar, de estudiar, de trabajar… Y sorprendentemente funcionan, y la mayoría de las veces hasta mejor que los que venías utilizando hasta ahora. Descubres que se puede aprender de otras muchas maneras que no sólo delante de un libro (algunos ya lo sabía antes, otros no lo sabrán jamás). También descubres que seguramente no eres el mejor en nada, pero con un poco de suerte tampoco eres el peor. No eres nadie, pero a la vez puedes ser exactamente quien quieras ser (y cayendo en los tópicos, ¿qué mejor que ser tú mismo?). Y una vez empiezas a absorber todo estos contrastes, todo lo que sabías y conocías hasta este momento se empieza a hacer más pequeño, y tu visión y capacidad de análisis, consciente o inconscientemente, se empiezan a ensanchar. Y este es el tercer nivel de aprendizaje al que yo quería llegar.

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Estudiar en el extranjero tiene este tercer vértice educativo que muchas veces pasa desapercibido y que probablemente sea el más importante. Esta experiencia tiene un papel clave en el desarrollo de nuestra visión global y analítica. Nos permite comparar distintas culturas y formas de vida, imitando lo ajeno cuando sea mejor y reforzando lo propio en el caso contrario. Estudiar fuera de tu país permite un desarrollo mucho más completo e íntegro del individuo, y fomenta la creación de lazos interculturales, ya sean afectivos, académicos o laborales. Y algo muy importante también, te enseña a relativizar.

Si queremos una sociedad más unida, más tolerante, más democrática y más igualitaria necesitamos una educación acorde. Aunque pueda sonar paradójico, fomentar una conciencia más internacional (tanto a nivel institucional como a menor escala) es clave para el desarrollo nacional. Por todo esto, aprovechad todos aquellos que estáis viviendo esta oportunidad, todos aquellos que podáis vivirla, y pregonadla todos aquellos que ya la hayáis vivido. Llegará un día en que las altas esferas escuchen y entiendan, un día en el que la educación y la eliminación progresiva de fronteras sea la mejor inversión de nuestros caudales públicos. Confío en ello.

*Disculpen el abuso de paréntesis en este artículo, debe ser que aún no he llegado a ese capítulo en mi aprendizaje de gestión de la libertad escrita.”