Felices 140 (**1/2)

¡Muahahaha, qué ricos somos!

No me gusta Gracia Querejeta. Una vez probé a ponerme 15 años y un día, la película perteneciente a una suerte de pasado “ciclo de los Goya” que estaba ahí porque en las candidaturas tiene que haber de todo y porque se tiene el apellido que se tiene. Mi religión me prohíbe empezar una película sin terminarla, lo he repetido una y mil veces, pero esta es una que erosionó mi paciencia. Qué bodrio, la madre. Más tarde, me atreví con la supuesta mejor película y más aclamada de su filmografía: Héctor, un drama familiar aproximadamente tan llevadero como una semana sin comer. Me rendí con esta señora. No quise saber nada más de ella. Un buen día, tras una serie de recomendaciones, ciertas esperanzas recobradas y durante esa iniciativa tan maravillosa llamada Fiesta del Cine, me planté en una sala de cine a ver Felices 140. ¡Pam!

Y va y me gusta. Maribel Verdú y Antonio de la Torre son dos nombres que por separado ya serían suficientes para despertar mi curiosidad. Combinados, ejercen un contrapeso más que efectivo para eclipsar el rechazo que me provoca Alex O’Dogherty (que ya se encargó de revolverme las vísceras durante su, por utilizar un eufemismo, actuación en la pasada gala de los Goya y que incluso en esta película se niega a dejarme en paz martilleándome con su voz cantora durante la única escena en la que sentí la tentación de levantarme decidándole un simpático corte de mangas al aire, a la pantalla, a quien fuera). Salvo este último personaje, en cuya boca las frases del guión suenan lo más artificiales posibles, cada miembro del reparto es más convincente que el anterior. Los reyes del baile, cómo no, son los dos monstruos que han abierto el párrafo.

Maribel Verdú avistando un Goya y calzando su llanto de apareamiento.

El primer acto puede confundir y hacer creer que va a tratarse de una comedia ligera que podrá ver tu señora abuela sin escandalizarse y volver contenta a casa. Algunos momentos de dramita chicloso nunca se despegan del todo del conjunto, amén de una banda sonora muchas veces demasiado enfática. Después de que Maribel Verdú anuncie la buena nueva, que es la ganadora del bote de 140 millones de euros, la simiente de un drama lleno de avaricia, de furia, de trapos sucios, de maquinaciones, de intrigas, de secretos y mentiras e incluso de conspiraciones y sorpresas ya está sobradamente sembrada. Con esa premisa y un guión (todavía más) notable, habría sido suficiente para un paseo por los límites de la ética humana. Por avatares (guionísticos) del destino, un acontecimiento extremo le pone las cosas más fáciles (facilonas) a la trama para volverse todo lo que he citado antes… y aun así, se las apaña para, desgraciadamente, poder resultarle cómoda a tu señora abuela, al menos hasta cierto punto.

Hay avaricia, trapos sucios por un tubo, hay furia (pero podría haber más), maquinaciones, intrigas, secretos, mentiras, conspiraciones… ¿pero sorpresas? Más bien pocas, casi que ninguna. Justo cuando yo estaba perfectamente asentado en la película, resulta que empiezan a desfilar los créditos. A falta de un buen giro, un final apresurado y anticlimático es la triste corona de una película muy decente que promete abrir paso en los Goya 2016. De nuevo, hasta cierto punto, el guión es moderado, pero lo compensa con una pizca de esa agradecida mala leche, unos personajes con mucho juego y un ritmo prácticamente impecable. Nada mal para ser la película que hizo que me lo pensara dos veces antes de querer volver a repetir la primera frase de la crítica.

Buenas. Soy como el crío de «15 años y un día» pero sin dar tanta tirria.

NOTA: **1/2 de 5

CALIFICACIÓN: NO ES EL BOTE, PERO MENOS DA UNA PIEDRA