La doble moral de la inmigración

Curiosamente, estos días han coincidido dos acontecimientos muy reveladores. De una parte, 15 personas perecían en el mar al intentar entrar en Ceuta, en España, en Europa, en busca de una mejor vida. De otra parte, los suizos votaban en referéndum la restricción de las inmigración europea a su país. Curiosas, también, las diferentes reacciones que han suscitado uno y otro evento, tan diferentes, cuando la realidad que las provoca es fundamentalmente la misma.

Solemos decir que vivimos en el primer mundo, desarrollado, sociedad de consumo, Estado de bienestar, y con el término primer mundo no hacemos sino establecer una comparación odiosa con otras regiones que no conocen tal desarrollo económico como el nuestro. Nosotros, el primer mundo, celosos de nuestros derechos, de nuestra seguridad, de nuestros puestos de trabajo, buscamos siempre conservar nuestra posición excluyendo a los demás. La política migratoria – europea, americana, israelí, siempre con muros de por medio – es en realidad una política de exclusión económica. En un mundo globalizado, donde impera la división internacional del trabajo, no nos podemos permitir que las poblaciones tercermundistas aspiren a nuestros mismos niveles de bienestar, porque ello supondría un considerable aumento de los costes de producción y mengua de los pingües beneficios empresariales.

Construimos muros, vallas, verjas, para que impedir la entrada de personas que tildamos de ilegales . ¿Acaso una persona puede ser ilegal ? Lo serán, en todo caso, sus actos, pero nunca ella en sí misma. ¿Eran ilegales los españoles que emigraban a Suiza a principios de siglo? ¿Son ilegales los jóvenes que dejan España en busca de un mejor porvenir? Evidentemente, no. Como tampoco lo son los africanos que querían entrar en Ceuta. Por eso, la excusa de la seguridad del estado, la retórica patriótica que justifica la muerte de personas a las puertas de Europa, no es más que una farsa, y revela nuestra doble moral cuando se trata de hablar de inmigración.

Analicemos las reacciones a los dos acontecimientos de esta semana. Suiza vota restringir la entrada de inmigrantes de la Unión Europea, según parece, para preservar el equilibrio de su mercado de trabajo. Inmediatamente, la UE proclama su indignación y anuncia la interrupción de varios programas de colaboración con el país alpino, en vengativa respuesta. Evidentemente, nos sorprende y nos indigna que un país amigo, del primer mundo, como nosotros, de repente nos muestre su rechazo.

Mientras tanto, más al sur, se ahogan 15 personas en el enésimo intento de entrar en Europa. Ni una sola palabra de tristeza, de condolencia con los muertos, con sus familias. Ellos, no lo olvidemos, también son víctimas. Pero claro, ahora prima más la defensa de las fronteras, la ley de extranjería – repetidamente incumplida por la Guardia Civil, por cierto – y quién sabe si los que pretendían entrar no serán hasta delincuentes.

el roto inmigrante
Por un lado, indignación de la Unión Europea, cuando se limitan los derechos de sus ciudadanos. Por otro, reacciones burócratas, faltas de humanidad, a la muerte de 15 personas. Todavía nadie ha dimitido, y si alguien lo hace, no será por las muertes, sino por las mentiras que se le han descubierto al Gobierno.

Buscar un futuro mejor puede salir más o menos caro dependiendo de dónde hayas nacido. Hasta ahora, como ciudadanos del primer mundo, nos habíamos acostumbrado a una plenitud de derechos que negamos a muchas otras personas. Pero en cuanto nos someten a las mismas políticas que nosotros predicamos, la cosa cambia. Nos han puesto un espejo delante, y nos hemos dado cuenta de lo asqueroso de nuestra hipocresía. Esto ya viene de lejos. No hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran a tí.