Mads Nissen, retrato de la homofobia en Rusia

Jon and Alex es el título de la fotografía que ha ganado el World Press Photo 2015, concurso anual de fotoperiodismo celebrado en Ámsterdam. En ella, Mads Nissen nos adentra en un ambiente íntimo, usando un plano medio para retratar el interior de una habitación cerrada, donde predominan las sombras sobre los puntos de luz tenue. De plano medio, es una ventana de acceso a la intimidad de los personajes, pero también una vitrina que nos mantiene ajenos a ellos. La perfecta simetría compuesta por las líneas de Jon and Alex estaría a la altura de la de el Hombre de Vitruvio. Llama la atención la figura del hombre que ocupa la posición central en la fotografía: no está retratado con la intención de destacar sus atributos masculinos. Sus pectorales están ocultos por los juegos de sombras, al igual que la zona del pubis. Su rostro, de rasgos finos y labios rosados, no corresponde a la concepción actual del rostro por excelencia masculino, del macho alfa de la manada, del Chuck Norris ruso. La mirada del personaje que ocupa el punto central oscila entre el deseo y la rabia, su espalda curvada da una imagen de abatimiento.

Jon and Alex, Mads Nissen, source : worldpressphoto.org
Jon and Alex, Mads Nissen. source : worldpressphoto.org

Nocturno, íntimo, interior, cerrado, deseo, rabia : esta fotografía es la imagen de la situación que las personas homosexuales viven en Rusia. “Se podría decir que ser gay en Rusia es como vivir en el armario”, apunta Alexey Mukhin, director del Centro para la Información Política en un documental Joven y gay en la Rusia de Putin publicado por Vice en 2014. El cuadro de esta fotografía es el armario en el que viven Jon, Alex, y todas las personas del colectivo LGBT en la Rusia de Putin. Las sombras son las tinieblas en las que se esconden muchos gays en Rusia. (Según el documental Ser Gay en Rusia, de DocumentosTV, sólo el 1% de las personas homosexuales en Rusia viven abiertamente su sexualidad). La perfecta armonía de las líneas es la paz que estas personas pueden encontrar, pero siempre que sea en un lugar cerrado, hermético, alejado del espacio público. “Si en este país no dices que eres gay, todo seguirá en calma y tranquilidad. Pero si lo mencionas, tu vida puede complicarse” : es el testimonio de Artem, taxista al servicio del colectivo privado de taxis para gays en Moscú. “La imagen habla a la vez de amor y odio, de deseos profundos… y de la homofobia en Rusia”, afirma Mads Nissen a propósito de Jon and Alex.

La fotografía de Mads Nissen reabre la brecha de una realidad que en su momento fue observada y denunciada con ocasión de los JJOO de invierno en Sotchi. Desde la llegada de Putin al poder, y con la creciente influencia de la iglesia ortodoxa sobre la sociedad, el colectivo LGBT es víctima de una represión que desgraciadamente, no goza de apoyo internacional ni de libertad de expresión para denunciar la situación y hacer valer sus derechos. Desde junio de 2013, la ley contra la propaganda homosexual (que alguien, llamamiento a la R.A.E., defina lo que es “propaganda homosexual”, porque este artículo corre el riesgo de ser considerado propaganda homosexual) no ha hecho más que agravar el peligro al que se expone toda persona que manifieste en público su orientación homosexual. Pero no sólo. Esta ley, que de forma abstracta pretende “evitar que los menores reciban cualquier tipo de mensaje que signifique que ser gay es normal”, ha sido también la herramienta perfecta para reprimir y callar toda manifestación que denuncie los abusos de violencia contra las personas homosexuales.

Porque, por otra parte, la violencia contra el colectivo LGBT ha ido en alza exponencial en los últimos años. En el país en el que el colectivo gay tiene su propio servicio underground de taxis, en un régimen híper presidencial en el que el ejecutivo (= Putin) legisla contra el colectivo LGBT a golpe de decreto, los homosexuales son considerados como una amenaza a la sociedad. En las mentes de muchos rusos, homosexualidad es sinónimo de pedofilia, de desviación, de enfermedad, de amenaza a la familia tradicional y a los valores nacionales. Estigmatizada y deshumanizada, la comunidad LGBT es tratada de “ganado”, los homosexuales de “insectos”, y los colectivos nacionalistas multiplican sus acciones de represión, acoso y violencia contra ellos. La Iglesia Ortodoxa, en este contexto, tiene el papel de catalizador de la violencia homofóbica. “Ni siquiera en el ganado practica algo así”, son las palabras que reporta el documental de Documentos TV “Ser gay en Rusia”, en su entrevista con el padre Serguéi, cura de la iglesia ortodoxa. Stanley Cohen acuñó en su libro Folk Devils and Moral Panics (1972) el término de “pánico moral” para referirse a la percepción falsa o exagerada de un grupo minoritario como peligrosamente desviado y que representa una amenaza para los valores e intereses de la sociedad. Convertidas en cabeza de turco para la sociedad rusa, las personas homosexuales sufren una caza de brujas que no hace más que apuntar a la histeria colectiva propia de un régimen fascista.

La respuesta esperada frente a esta violencia sería la denuncia y la manifestación. Sin embargo, a la hora de manifestarse contra esta violencia, la comunidad LGBT falta de recursos legales e institucionales por la defensa del colectivo. Puesto que, denunciar los abusos contra homosexuales es considerado, desde la ley anteriormente mencionada de 2013, como “propaganda homosexual”. A esto se añade que, desde junio de 2012, amparadas por la ley de protesta, las autoridades policiales pueden disolver y condenar toda manifestación no autorizada (es decir, los piquetes de más de UNA persona). Como guinda del pastel, toda organización que pretenda intervenir en este asunto (Amnistía Internacional, por poner un ejemplo) es considerada “agente exterior”, lo cual le impide toda intervención por la defensa de los derechos humanos. Tres años después de Sotchi, durante el cual Rusia se convirtió en un escaparate en el que se posó la mirada internacional, a pesar de los intentos de manifestación del colectivo LGBT, a pesar de las encarcelaciones y violencia contra manifestantes, a pesar del ruido que hizo el colectivo Pussy Riot para denunciar la situación, poca cosa ha cambiado.

Protesta urbana reprimida por dos policías. Source : hrw.com
Protesta urbana reprimida por dos policías. Source : hrw.com

Hasta 1973 la Asociación Norteamericana de Psiquiatría (APA) consideraba la homosexualidad como un trastorno, como una desviación sexual. (Mención de honor a Freud por su contribución). Hasta 1990 la Organización Mundial de la Salud consideraba la homosexualidad como una enfermedad mental en la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y otros Problemas de Salud. Sin pruebas ni evidencias científicas, estas consideraciones han ido cambiando y desapareciendo poco a poco, pero sin alcanzar resultados gloriosos. Porque Rusia no es el único caso de apartheid homofóbico en el mundo, y las políticas contra los gays están presentes hoy aún en países como India, Uganda, Irán, Mauritania, Arabia Saudita… y países donde ser gay es delito con pena capital como en Yemen o Irán. Así pues, mientras esperamos que la homosexualidad se normalice y se pueda manifestar en público, o mientras esperamos a que la situación caiga por su propio peso, podemos seguir contemplando y admirando las obras de artistas y fotógrafos del mundo como la de Mads Nissen. Pero ante todo no nos movamos del pupitre ni del sofá.