Miserables

Miserable:    

1 adj. Desdichado, infeliz.

adj. Abatido, sin fuerza.

3 adj. Mezquino, que escatima en el gasto.

4 adj. Perverso, abyecto, canalla.

 

Son muchos. Cada vez más. Apenas hacen ruido, pero su voz suena en nuestras conciencias. A veces, nos damos cuenta de que son personas. Y sin embargo, casi siempre les ignoramos. Los grandes olvidados de nuestra sociedad, fantasmas de aceras y esquinas, son el más claro ejemplo del cinismo de nuestra vida diaria.

Se les suele decir miserables, a aquellos que han perdido su casa, o su empleo, o su familia, o todo de golpe, porque carecen de un techo bajo el que vivir. Miserables porque dependen de la caridad y  compasión de los demás para poder llevarse algo a la boca, o darse a sus vicios, o llevarle algo de comer a su familia. Miserables, sin fuerza, porque hace tiempo que desistieron de buscar una oportunidad en una sociedad que no se la da.  Soledad, inactividad y falta de dinero son los tres estigmas con los que la sociedad les etiqueta. Miserables, vaya.

1379083_10151912831382458_1090359171_nVarias personas pasan la noche bajo los soportales de la Plaza Mayor el jueves pasado. Foto : Bernardo Pérez / EL PAÍS

 

Tras un año fuera de España, al volver a Madrid me sorprendió la cantidad de personas que pedían por la calle, en el metro, en las terrazas. Muchísimas más de las que recordaba antes, casi una en cada esquina. Y si antes estábamos acostumbrados a ver sólo a inmigrantes o alcohólicos pidiendo, ahora ya es gente de cualquier edad y origen, gente como tú y como yo que se ha dado de bruces con la cruda realidad.

Tal vez sea por eso, porque en el fondo podríamos ser nosotros, que nos es más fácil mirar hacia otro lado. Cuando pasamos a su lado, parece que fueran fantasmas, porque ya los hemos asimilado como parte del paisaje urbano. Y este es el cinismo que practicamos todos. Es más fácil esquivar el problema que plantarle cara.

Seamos sinceros, yo el primero, no somos muy dados a rascarnos el bolsillo cuando alguien nos pide unas monedas. Ya sea con una canción en el metro, o con unas palabras que  tratan de conmovernos desde un cartón en la puerta de la iglesia. Miserables ellos, que viven en la calle, pero también nosotros, que preferimos la comodidad a la solidaridad.

Hasta aquí, algunos pensarán : « Qué pelma, el discurso de siempre, que si solidaridad, que si generosidad, si a mí también me va peor ». Cierto, no soy yo quien para juzgar a  nadie por su conducta. Pero estoy convencido de lo que escribo, porque hoy en día tenemos un gobierno que se preocupa más por los mercados que por las personas. Cuyos ministros no muestran ningún pudor a la hora de recortar el gasto social, y menos aún al conceder millonarios rescates a la banca. Las partidas de gasto social – sanidad, becas, educación, dependencia, pensiones – son en teoría las que mayor efecto redistributivo tienen, y son también las que más mermadas se han visto. Le meten la tijera al gasto social, y a la vez se la clavan por la espalda a aquellas personas más vulnerables. La desigualdad va en aumento, lo refleja la preocupante subida del índice GINI de distribución de renta,y nuestros políticos siguen enzarzados en luchas partidistas e identitarias. No creo que quepa esperar ninguna solución por su parte al drama que se vive en cada calle, en cada esquina, día a día.

Sin embargo, sí que hay una solución. La gente. Gente normal, de izquierdas, de derechas, de centro, apolíticos, católica, atea. Gente que se manifiesta por aquello en lo que cree, ya sea la educación, la familia o la paz. Porque la gente normal, como tú y como yo, también somos solidarios. Si yo he podido escribir esto, y tú leerlo, es que somos unos privilegiados. Y no nos cuesta nada ayudar a nuestros iguales. Actuemos todos juntos, para que al final, los únicos miserables sean sólo los de arriba.

 

 

Tomás de León-Sotelo
Estudiante de Ciencia Política
Madrid