Olvido – “Quien olvida su historia está condenado a repetirla”

 “Quien olvida su historia está condenado a repetirla”-Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana.

Una frase cargada de sentimiento, de emociones y, sin duda, de verdad. Más aún cuando recuerdo la primera vez que leí esta frase, en un lugar cuyo nombre por sí mismo evoca aún más sensaciones y recuerdos: Auschwitz. En la entrada de uno de los bloques del campo de concentración Auschwitz I hay una placa en la que está escrita esta frase, en polaco y en inglés. Una frase específica para un lugar específico que nos insta a no olvidar nuestra historia para no cometer las mismas atrocidades que nuestros antecesores. Y, pese a algunos intentos de negar la historia, lo cierto es que el mundo, y Alemania concretamente, no olvida lo que ocurrió en Auschwitz.

“No olvidar” no significa guardar rencor toda la vida, sino ser consciente de lo ocurrido en el pasado, para evitar su repetición en el futuro. “Perdono, pero no olvido” es una expresión que muy a menudo se entiende mal: habitualmente nos referimos a que una persona “perdona”, pero guarda cierto rencor; éste no es un perdón sano, sino una especie de tregua temporal. El auténtico perdón viene dado previamente por el reconocimiento de culpas y de responsabilidades. Sólo en el momento en que el agresor reconoce su culpa es cuando puede disculparse ante el agredido para que se dé el perdón de verdad, todo lo demás es simple tregua. Sin duda, para Alemania fue traumático este reconocimiento. Fueron necesarios varios procesos judiciales y una gran serie de medidas de desnazificación, pero gracias a ello pudo cerrarse ese capítulo de la historia y continuar avanzando.

Lo curioso en este caso es que la frase que hemos citado antes es atribuida a un español. ¿Cómo se ha aplicado en el contexto de España? Pues, sencillamente, de manera nefasta. Durante la Guerra Civil y los posteriores años hasta la muerte de Franco, se llevaron a cabo innumerables agresiones de todo tipo, sobre todo podríamos destacar los asesinatos, detenciones y condenas injustas, expropiaciones y un larguísimo etcétera. No debería entrar a valorar en cuál de los dos “bandos” cometió mayores abusos, cuál lo hizo primero, cuál lo hizo “legítimamente”, etc., pues precisamente todo ello es algo que no se nos ha permitido investigar para conocer. Entre otras cosas, la Transición Española se caracterizó por una voluntad de “olvidar el pasado y construir juntos un futuro”. Tal vez ésta fue la mejor decisión en su momento, debido a lo convulso de la situación, o tal vez no. Lo que está claro es que nunca hubo un perdón, sino una tregua más o menos pactada.

Si la razón por la que no se investigaron estos crímenes durante la Transición fue para evitar abrir más frentes que hiciesen tambalear la construcción de la democracia, hemos de entender que, durante diez legislaturas, esta democracia estará mínimamente asentada como para que su continuidad no se vea afectada por la investigación de los crímenes del pasado que aún han quedado sin resolver. Lo cierto es que  nunca se ha llegado a un reconocimiento de culpas ni al perdón que tendría que venir con él (amén de hipotéticas sanciones o compensaciones, en lo cual ya ni entramos). Sólo ha habido vagos intentos en forma de “Ley de Memoria Histórica”, que se pudo resumir en palabras vacías de contenido y sin una investigación de hechos ni reconocimiento de responsabilidades. Esta es una de las mayores enfermedades de la democracia española: tanto se ha insistido en no abrir viejas heridas que, sencillamente, las heridas nunca se curaron, y ahora están al borde de la gangrena. ¿Habrá que amputar? ¿Qué garantía tenemos de que no se repetirá aquí un Auschwitz, un Paracuellos o un Guernica? ¿Cuánto tardaremos en volver a llenar fosas comunes de cadáveres anónimos?

El olvido puede llegar a ser más peligroso que la negación de la historia.