Pequeña historia de un librero

Libros

No suelo hablar de crítica social o de sociedad en general porque siempre me suele faltar algún punto de vista que no he llegado a contemplar. Por eso, me dedico a hablar de cine, que es lo que me gusta. Pero hoy, por segunda vez, quiero hablar de otra cosa. Y lo voy a hacer porque es una pequeña historia personal que me apetece contar, y que no va mucho más allá de aquí. O sí, quien sabe.

No me cuesta admitir que no ando montado en el dólar ni que no soy descendiente de los duques de Mónaco. Mi familia no tiene los derechos del celuloide, y no suelo ser invitado a cenas con Obama o con Ryan Gosling. Oye, y me parece perfecto. Estoy contento con ello, todo lo que se puede estar, porque me gusta decirme a mí mismo que así valoro más las cosas (o algo así). Es por esta razón que expongo que, para ayudarme a financiar mis estudios en la Universidad entre otras cosas, he trabajado este verano en una librería. No diré el nombre, porque no viene a cuento en la historia.

El caso es que empecé en junio, y acabé tristemente hace un par de días. Durante casi cuatro meses he estado acudiendo religiosamente allí para dar lo mejor que he podido dar. Vamos, lo que es un trabajo normal. Algo muy digno, muy bien pagado, y muy cómodo. Ideal, para un señor frikazo como yo, que le encanta leer y acercarse a cualquier tipo de ficción que me pongan delante.

Lo que me apetece contar no empieza realmente cuando comencé a trabajar allí. Lo que vengo a relatar comenzó cuando volví de Madrid, después de realizar tercero de Per Y Com (Periodismo y Comunicación Audiovisual, para los no iniciados). Me vi en la entretenida (y normalmente poco agradable) tesitura de patearme mi ciudad con un fajo de curriculums en la mano de un lado para otro. Y a fuerza de cansancio, se me ofrecieron varios puestos, vaya que sí.

Tampoco mencionaré a las empresas que “querían contar conmigo”, porque para qué. Pero me fascina y me fastidia, por no decirlo de otra manera, los tratos tan poco considerados que me ofrecían. Recuerdo una charla con una encargada: “Si, mira, trabajas cuatro horas. Media jornada. Pero luego, al terminar, tienes que limpiar porque es tu responsabilidad. Y si tardas cuatro horas más, pues no te las pago, que eso es cosa tuya”.

O sea, leyendo entre líneas: “Te ofrezco una jornada entera con el salario de media, porque eso que nos ahorramos”. Pero como no tengo mucho más por donde tirar, en un principio iba a aceptar, porque, ey, todos hemos pasado o pasaremos por el aro alguna vez. En otra ocasión, me ofrecieron un trato similar, pero trabajando unas cuantas horas gratis. “Para formarme, claro está”. Todo normal.

No me malinterpreten. Seguiré trabajando, no hay duda. Ahora vendrá otra cosa, y luego otra y otra. Y seguro que me explotarán y se aprovecharán mucho más de mí; por supuesto. Pero me apetecía contar esto, para que, por lo menos, se vea un poco. A lo que voy es que es curioso que el esfuerzo se pague tan bajo, y que haya tantos buitres que aprovechen que un estudiante que necesita dinero esté dispuesto a venderse tan bajo. Esas personas, los que no les ha quedado otro remedio, son verdaderamente dignas de admirar.

Yo tuve suerte este verano. Las personas fueron comprensivas, me ayudaron y entendieron que una persona a la que se trata bien, trabaja mejor. Por ello, no tengo dentro de mí más que agradecimientos por la oportunidad y una pena horrible por marchar.

Sin embargo, todo esto que cuento es para que luego no nos extrañe que tantos jóvenes abandonen España.

Un saludo.

David López González

Me llaman David, y soy un estudiante de periodismo y comunicación audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. Soy muy dado a lanzar mis opiniones allí donde nadie me las pide. También soy un gran amante de la ficción. De todo tipo.

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