Sólheimar – El hogar del sol: Una experiencia única para encontrarse a sí mismo

Más de una vez he pensado que vivimos en un mundo que va muy deprisa, que exige demasiado y que no da descanso. Y otras tantas he pensado en lo mucho que me gustaría parar por un momento, hacer una pequeña pausa y tener tiempo para mí.
Por fin en junio, cuando el cansancio ya hacía mella en mi estado de ánimo, llegó mi oportunidad. Había terminado el grado y las prácticas y necesitaba un alto en el camino.
Fue en ese momento cuando, hablando con una una compañera de la universidad sobre mis ganas de «desconectar» por un tiempo, me comentó un proyecto que podía ajustarse a lo que necesitaba: Sólheimar, una comunidad ecológica en Selfoss (Islandia) donde conviven personas con y sin discapacidades. Unas 100 personas que trabajan juntas para acabar con la exclusión social y proteger el medio ambiente.
Me informé de las actividades y objetivos de esta comunidad a través de su página web y solicité una plaza como asistente en la panadería. Un mes después, recibí la respuesta positiva del coordinador de los voluntarios de Sólheimar y me equipé para la nueva aventura con 20 kilos de equipaje y tres palabras de islandés.

Sólheimar Aquí aparecí a finales de agosto, en un pueblo al que no se puede acceder en transporte público, situado en un valle en mitad de unas montañas. Con el paso de los días fui conociendo todos los rincones y a todos los integrantes de este particular pueblo y cogiendo soltura en mis tareas de recién estrenada panadera.
Los empleados y los residentes (las personas con discapacidad) vivimos en casas repartidas por todo el terreno de Sólheimar. Disponemos de un invernadero donde crecen las verduras y tubérculos que usamos en la cocina y la panadería, una pequeña fabrica artesana de jabones y cremas, un taller de costura, una tiendecita donde comprar algunos productos básicos, un «hospital» de árboles y plantas y una casa para los visitantes. Además tenemos algunas zonas de recreo como un pequeño cine, piscina y gimnasio.
El aislamiento geográfico de esta comunidad (el supermercado más cercano está a unos 20 kilómetros) es el que le otorga un encanto y atmósfera especiales. El contacto con la naturaleza, el consumo de productos orgánicos o la realización de actividades físicas al aire libre forman parte del día a día de todos los que vivimos aquí.
Digamos que para una persona que está acostumbrada a vivir en una ciudad grande, de ritmo frenético y tres millones de habitantes, es el lugar ideal para librarse del estrés, del ruido, caminar despacio y admirar el paisaje.
Al principio uno piensa que viene sólo a hacer una labor social y, sin embargo, acaba dándose cuenta de que también es una oportunidad para descubrir nuevas aficiones, aprender un oficio, tener tiempo pasear, disfrutar de la naturaleza, reflexionar… por supuesto, las duras condiciones climatológicas de Islandia o la convivencia con personas que no están en plenas facultades mentales no son siempre un camino de rosas. Sin embargo, si uno es tolerante, paciente y pone ganas encuentra su lugar en esta comunidad.
Aunque llevo poco tiempo como voluntaria ya puedo afirmar que esta está siendo una experiencia única. Tengo la oportunidad de reencontrarme a mí misma, de conocer y ayudar a personas, de descubrir otros lugares del mundo… y pienso exprimirla al máximo.