Su nombre es Ida Lebenstein (***)

 

Mirando al infinito en 4:3

Casi todos los espectadores fuera de Polonia irán a ver Ida porque está nominada al Óscar a Mejor Película de Habla No Inglesa y porque ha ganado casi todos los premios a los que estaba nominada (aunque perdió el Globo de Oro en la misma categoría frente a Leviatán). Nada más arrancar, lo que estos espectadores pueden esperar encontrarse es —especialmente si la ven en pantalla gigante— un pequeño detalle un tanto incómodo, que llama la atención y obliga a plantearse algunas partes del visionado de una manera nueva: no es que Pawel Pawlikowski no sepa encuadrar (destaca especialmente que sea en blanco y negro y en proporción 4:3), es que el aire desproporcionado sobre las cabezas de los personajes en escenas como las del convento es un elemento expresivo más de la imagen. Claro que eso pica un poco, especialmente cuando, por cuestiones lógicas, los subtítulos se tienen que poner forzosamente en la parte superior de la pantalla y tus ojos juegan un partido de ping-pong vertical para atender tanto a los personajes (abajo) como a lo que están diciendo (arriba), a menos, claro, que hables polaco. Ay. 

En contra de lo que pueda parecer, la persiana no es el asesino.

Este es un ejemplo perfecto de algo bastante común en el cine europeo de autor: casi todos parecen salidos de la misma escuela de cine. Ida, como muchas antes que ella, tiene una serie de numerosos tics no necesariamente buenos ni malos: todos los planos se miman con suma delicadeza, no suelen durar menos que, digamos, diez segundos. Al público se le ha de llenar la vista. Esa sutileza con ritmos lentos, silenciosos y planos cuidados hasta el extremo permite encapsular más información detrás de la imagen que en ella misma. Vamos, que en la historia presentada (que en términos argumentales no es demasiado especial ni original: chica judía busca a padres desaparecidos/muertos en las circunstancias del Holocausto con ayuda de un familiar) hay bastante más para sacar de lo que parece a simple vista. Y esto nos lleva a otra cosa tampoco necesariamente buena ni mala: la madre del cordero se encuentra en el contexto y no en el texto.

Pero, para apreciar el contexto, hay que conocerlo. Yo tuve la ocasión de asistir a la proyección de la película en la Cineteca de Matadero (Madrid), presentada en el marco de los Premios Lux del Parlamento Europeo, donde se explicó en un debate posterior al visionado que lo que hacía Ida era “abrir una caja de Pandora” para Polonia, al menos en lo que respecta al ojo internacional: retratar la vejación que sufrían los judíos a manos de los polacos, algo especialmente notable en la época socialista, en la que conceptos como religión y propiedad privada eran anatemas del régimen y, desgraciadamente, dos elementos que los judíos tienen bastante arraigados. En este tumulto, se mete también la religión católica, otro de los núcleos fundamentales de la película y que determinará el viaje interior de Ida.

Tu profe de cine te suspendería por esto, pero Pawel está nominado al Óscar.

Aun así, el director no opina que su película ajuste cuentas con el pasado ni que despierte temas tabú, sino que más bien ya llevan siendo tratados “desde hace más de 20 años”. En cuanto a mí, tengo mis recelos, especialmente respecto al final (si es conservador o no, allá cada uno con su opinión) y al hecho de que, aunque el contexto abarque grandes temas, el texto sigue sin convencerme del todo, ni parecerme especialmente reseñable. El tiempo dirá.

Por otra parte, aparece la música del gran John Coltrane y eso está pero que muy bien.

NOTA: ***/5

CALIFICACIÓN: LE FALTAN MÁS SILENCIOS, MÁS, MÁS

 

Sergi Monfort Ferrer

Periodismo y Comunicación Audiovisual. Cinéfilo, cineasta amateur, a veces incluso juego a ser periodista. Veo películas si la universidad me deja tiempo y me quejo mucho de mis cortos. Estoy acostumbrado a ser el yogurín allá donde vaya y haga lo que haga. Mi mayor fan es mi madre. La gente quiere de eso que fumo, pero es que yo también.

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