Un baúl sin tesoros

En tu boca se dibuja una sonrisa y me miras con ojos cómplices. ¿Qué sucede? No lo sé, parecía que todo había terminado pero aquí estas otra vez, mirándome con esas pupilas intensas y yo con esta cara de tonta. Dulcemente correteas mi pelo, me hablas como si fuera la primera vez que me ves.

Dudas, en mi cabeza solo hay dudas.

Me susurras versos de tiempos pasados, poemas dedicados a una chica que ya no soy, tinta derramada para describir a una persona que ya no conozco y que ya no vive dentro de mí. Mi cuerpo es una cáscara vacía, como un baúl sin tesoros, como los restos putrefactos de una serpiente que acabar de mudarse la piel.

Sigues ahí, expectante, mientras por mi boca sale un flujo de palabras, todas ellas distintas a las que pasan por mi cabeza. Te quiero y tú me amas. Me cuidas y yo te hiero. Por la ventana entra el plateado brillar de la luna. Y es que esta noche la luna resplandece redonda dando inicio a la noche de lobos.

El corazón me late rápido, la mente está en blanco. De pronto lágrimas: ¿de alegría, de tristeza? Ya, da igual. Has vuelto con tu piel de melocotón, dispuesto a abrazarme y decirme  que estarás conmigo siempre y yo sigo dándole vueltas a la cabeza preguntándome si es lo correcto o si debo permitir que te olvides de mí de una vez por todas. Mientras tanto y no, me acomodo en tu pecho, que hoy, parece más fuerte que ayer.

La Maga